Deja descansar a tus zapatos

Ninguna parte de nuestro cuerpo está sometida a una “cárcel” tan severa como nuestros pies. El calzado es obviamente necesario para desplazarnos con seguridad en muy diversas superficies, pero su uso continuado acarrea molestias y dolencias.

¿Cómo evitarlas? Pues muy sencillo: andando descalzos siempre que lo podamos hacer en un entorno razonablemente higiénico y libre de riesgos. Hablamos ante todo de tu propio hogar y de sitios naturales como playas o parques donde podamos hacerlo sin peligro.

El tacón de los zapatos, aunque sea bastante pequeño, provoca alteraciones en la musculatura posterior del cuerpo, incidiendo en la postura y la forma de caminar. Al caminar descalzos, nos acercamos a la marcha natural y hacemos trabajar músculos, tendones y ligamentos importantes para la biomecánica del pie.

Está especialmente recomendado para los bebés, que se benefician en múltiples formas, especialmente en cuanto al desarrollo de su habilidad motora. Caminar descalzos durante los primeros años de vida ayudará a lograr un patrón de marcha sano. Por su parte, y con las debidas previsiones, a los ancianos les ayuda a reducir las tensiones musculares producto del sedentarismo.

Andar descalzo es para muchos una fuente de placer, lo que ya es ganancia para nuestro bienestar físico y mental.

Un segundo beneficio inmediato es permitir que los pies “respiren”; es decir que se liberen del calor y la humedad permanentemente acumulada.

Descalzarnos, además, estimula y hace trabajar músculos que se encuentran constreñidos o atrofiados por los zapatos. Caminar descalzos por superficies lisas puede ayudar en algo a mejorar dolores de espalda que se producen por pasar mucho tiempo de pie con calzado inapropiado. Así se corrigen desequilibrios en los movimientos y se fortalecen músculos y huesos de pies y tobillos.

Los expertos señalan también que mejora la circulación, reduce el estrés y ayuda a combatir el insomnio.

Sin embargo –insistimos- andar de esta forma no es para todo momento y lugar. En áreas húmedas, muy transitadas y poco higiénicas, por ejemplo en gimnasios y vestuarios, puede hacer que nos contagiemos con algún hongo o bacteria. Especial cuidado deben tener las personas diabéticas, que solo deben hacerlo en superficies muy seguras, limpias y libres de obstáculos.

 

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