La salud también es cosa de juego

Es un hecho: los niños cada vez juegan menos. Entre los padres que nos obsesionamos por llenar a los pequeños de actividades extra escolares, y ellos que consumen la mayor parte de su tiempo libre con los ojos clavados en una pantalla, va quedando relegado el jugar de toda la vida. Hablamos, por supuesto, de todas esas actividades lúdicas que combinan múltiples habilidades motrices, interacciones sociales directas y mucha imaginación, las cuales son muy necesarias para el desarrollo normal del niño.

La Asociación Americana de Pediatría, al igual que otras instituciones, ha hecho sonar las alarmas con un informe especial titulado, “El poder del juego: su función pediátrica para mejorar el desarrollo de los niños pequeños”.

Allí se señala cómo y por qué jugar con ambos padres y otros niños es fundamental para las funciones neurológicas y para crear vínculos sociales. Entre otras cosas, la investigación muestra que jugar mejora las capacidades de los niños para planificar, gestionar conflictos, reducir el estrés y regular sus emociones. Por supuesto, también es crucial para el desarrollo del lenguaje y del razonamiento abstracto a través de la construcción de circuitos neuronales específicos y diversos.

Se ha comprobado que la carencia del juego en la vida de los niños puede acentuar rasgos agresivos, taciturnos y depresivos. Y es todavía más importante para aquellos que crecen en medio de circunstancias adversas o violentas, pues ayuda a regular la respuesta física ante el estrés llevándolo a niveles compatibles con la capacidad de adaptación.

Los juegos que incluyen contacto físico nos enseñan a correr riesgos de forma controlada y a medir nuestras fuerzas. La emoción que genera un tobogán en el parque, por ejemplo, facilita que el niño adquiera confianza para evaluar y correr riesgos.

El juego al aire libre, además de prevenir trastornos como obesidad infantil, es particularmente útil para que los niños desarrollen percepción espacial, equilibrio y capacidad de atención. Estudios sugieren que en países donde las escuelas asignan más tiempo para recreo, los niños tienden a tener mayor éxito académico.

Los juegos de simulación permiten a los niños experimentar distintos roles sociales, desarrollar empatía y descubrir los usos más creativos del lenguaje.

El informe de la Academia Americana insiste en señalar la tendencia de los adultos a centrarnos solo en el rendimiento académico, los exámenes, las notas, etc., olvidando que el efecto estresante, si no se ve compensado por el juego,  resulta en el posterior desarrollo de ansiedad,  depresión y falta de creatividad.

Y los adultos también nos beneficiamos del juego con los niños. Padres, docentes, hermanos mayores y otros familiares podemos encontrar allí un gran desestresante y una forma de mejorar notablemente la relación con los pequeños.

Jugar, en conclusión, es la mejor forma de ayudar a los niños a convertirse en adultos proactivos, curiosos, creativos y capaces de relacionarse sanamente con el mundo. ¡Aprovechemos cada oportunidad!

Previous Post
Newer Post

Leave A Comment