Tu salud en las alturas

Viajar es un placer… siempre que la salud nos acompañe. Podríamos hablar de muchos asuntos a tomar en cuenta, incluyendo los relacionados con las condiciones físicas de cada viajero, los riesgos específicos del lugar de destino o la protección que nos ofrezcan nuestras pólizas de salud. Pero hoy nos enfocaremos en uno de los temas que suelen generar más inquietud, sobre todo a raíz de la pandemia: el viaje en avión.

La cabina de un avión es mucho más higiénica de lo que muchos piensan. Las aeronaves modernas cuentan con filtros de aire de alta efectividad y el aire se renueva cerca de 30 veces por hora, lo que hace que la posibilidad de contraer una infección por vía aérea sea menor que en una oficina. Dicho de otra forma, las posibilidades de propagación viral en un avión son bastante menores a las de un lugar similarmente concurrido en tierra. Un hecho llamativo es que hay mayor riesgo de contagio en las filas que se forman para embarcar y desembarcar, que durante el trayecto.

En cualquier caso, el uso de la mascarilla es el complemento necesario para reducir al mínimo posible los contagios. En la práctica las cosas no han resultado sencillas, sobre todo en los viajes de larga duración y durante los momentos de las comidas, que obviamente exigen que muchos se retiren la protección.

Pero antes de la pandemia existía ya otra gran preocupación de los viajeros en avión: la trombosis, es decir la formación de coágulos principalmente en venas de las piernas y la zona pélvica, asociados a largos períodos de inmovilidad en el estrecho espacio de los asientos. Se le conoce como el “síndrome de la clase turista”. El problema mayor ocurre cuando un coágulo se traslada hacia el pulmón, lo que se conoce como “tromboembolia pulmonar”, la cual puede resultar mortal.

Según la Organización Mundial de la Salud, este problema afectaría a uno de cada 6.000 pasajeros, aunque otras fuentes elevan el riesgo a uno de cada mil. Personas con sobrepeso, embarazadas, mujeres que toman anticonceptivos y pacientes con cáncer están entre los más propensos a sufrir trombosis. Además, puede existir predisposición genética.

Para evitar la trombosis se recomienda buena hidratación previa al viaje, ropa holgada, no cruzar las piernas, usar medias de compresión si existe riesgo alto y, sobre todo, levantarse y hacer estiramientos al menos cada dos horas. Si no se puede abandonar el asiento, se pueden realizar ejercicios contrayendo y relajando las piernas durante 5 minutos por cada hora de viaje. Los médicos advierten que no sirve de nada tomar aspirina, pues no reduce el riesgo de trombosis en las venas, sino en las arterias.

Por otra parte, al volar dentro de un avión estamos sometidos a una presión atmosférica equivalente a la que experimentamos en tierra a una altura de 2.000 metros o más sobre el nivel del mar. Algo perfectamente inofensivo para las personas sanas, pero que puede representar un problema si se sufre de enfermedades cardíacas y pulmonares o de problemas en la sangre, debido a la menor cantidad de oxígeno en el aire.

Eventualmente, especialmente en el despegue y el aterrizaje cuando la presión cambia abruptamente, también se pueden sufrir molestias en los oídos o cierta congestión, que típicamente combatiremos masticando chicle, tragando, bostezando o haciendo el esfuerzo de exhalar con la nariz tapada y la boca cerrada. Los niños son más propensos a experimentar estas molestias. Si todavía son bebés, puede ayudar amantarles o darle el biberón.

En general, para evitar estas y otras posibles molestias o riesgos, se recomienda cuidar bien la hidratación antes y durante el vuelo, descansar bien antes de volar, y evitar las bebidas alcohólicas o con cafeína.

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